Esa mañana todas las mujeres me miraban a la cara, incluso algunos hombres.
Como me había levantado optimista, tal vez por unos sueños felices de los que no me acordaba al despertar, tal vez por un descanso de más de ocho horas, pensé que era uno de esos días en los que uno está guapo. Esto subió aún más mi autoestima.
A veces la suciedad del mundo hace pedazos las ilusiones más infantiles.
Me subí al autobús y me senté al lado de una ventanilla. Al mirar por ella, el cristal se convirtió en espejo gracias a la suciedad y me estrellé contra mi cara recién afeitada, todavía con los tres trozos de papel higiénico puestos en los cortes. Entonces comprendí por qué las chicas me sonreían y algunos hombres me hacían señas que yo malinterpretaba.
Así pues, cuando bajé del autobús me volvía a considerar feo y por supuesto no era nada optimista.
Pero esto no me impedía apreciar la belleza.
Cuando ella se acercó a mí yo supe que era guapa, que digo guapa, era bella, bellísima. La hora. Me sentía envuelto en ojos.
La hora.
Quizás uno se enamore con amor verdadero a través del trato, la hora. Quizás tan sólo viendo las virtudes de carácter puede incendiarse el alma con la llama verdadera. Pero el calor que ella despedía, la profundidad de sus ojos, la hora. Las seis menos cuarto.
¿Por qué no puede uno arriesgarlo todo a una carta, a la menor oportunidad?
Gracias. Todas las posibilidades estaban en un sí y en un no. Perdona, ahora me gustaría a mí hacerte una pregunta: ¿quieres ser mi amor verdadero, vivir conmigo una vida de pasión y aventura? No se lo van a creer, pero ella sonrió y sus ojos dijeron muchas cosas en el idioma de los ojos que saben hablar, desgraciadamente yo no lo entendía, pero me daba ilusiones. No la he vuelto a ver, y si me la cruzo, tal vez ya no la recuerde y sus ojos estén sólo en mi imaginación.
Se dio media vuelta y se marchó.
Una posibilidad que no se me había ocurrido. Afortunadamente, ni me hizo inmensamente feliz, ni destrozó mi corazón en mil pedazos. Yo pude continuar mi camino. Pero algo sí se alteró. Al salir de casa era optimista, al salir del autobús pesimista, y al salir de las seis menos cuarto, aunque aturdido, era feliz.